El regalo de Navidad que esperamos para el comercio exterior


Acabar con la ingenuidad oficial en nuestro comercio exterior sería el mejor regalo de Navidad que el gobierno pueda darle a los productores industriales y agropecuarios mexicanos. El nuevo año revestirá un tono de entusiasmo que las medidas de apertura se han encargado de sofocar.

El derecho que tienen los 45 millones de trabajadores mexicanos de producir, en primer lugar, para su propios connacionales es un principio obvio que sólo niegan los empeñados en la ortodoxia de un imaginario mercado libre.

Ante la muy real invasión actual al mercado mexicano de la pléyade de artículos chinos es inaplazable para las Secretarías de Economía y la de Hacienda pronto tomar medidas para fijar impuestos de importación y reglamentaciones a dichos productos que, por razón de su gran volumen, están socavando el mercado interno para los artículos que aquí cultivamos y manufacturamos.

No sólo se trata de dumping, figura que describe el exportar a precios inferiores a los que se practican en su propio mercado. No todo, sin embargo, de lo que nos llega barato de China u otros países ha de ser dumping. El que las exportaciones de un país se vendan a precios más bajos que los que los industriales del país receptor consideran normales no es en sí reprochable, ni siquiera si ello lo logran gracias a los apoyos que su gobierno les dé. Este fenómeno existe desde el principio de la Revolución Industrial del Siglo XVII.

El principio de libre comercio nació cuando unos pocos países ya habían alcanzado el nivel de economías de escala que les aseguraba eliminar a los que aún no alcanzaban ese nivel. La actual guerra que en Davos y en la OMC se libra contra el proteccionismo pretende ser una bandera que favorece a todos los países por igual. Se enfatiza sus supuestas virtudes para estimular el desarrollo de los países menos avanzados. Se afirma que éstos acelerarán su crecimiento económico abriendo sus mercados.

La apertura de los mercados de los países desarrollados favorecerá, desde luego, las exportaciones de los países menos industrializados. Abrir las puertas de los mercados de los países industrializados a las manufacturas de los países en desarrollo era una de las metas centrales de la UNCTAD que en l970 instituyó el Sistema General de Preferencias con este preciso objetivo.

Nunca se insistió en la UNCTAD en una franca apertura de los mercados de los países en vías de desarrollo para a los artículos industrializados de los países ricos. Por el contrario, se trataba de apoyar la adición de valor a las materias primas que, siendo el grueso de las ventas de los países en desarrollo, estaba provocando un estrangulamiento económico a los países del tercer mundo por ser más baratas que los artículos manufacturados que importaban a cambio.

Apoyar con medidas convenientes la nueva producción industrial era un componente indispensable para hacer progresar a la economía general en los países en desarrollo. De esta manera estos países obtendrían un mayor ingreso de sus exportaciones y con ello se aceleraría su desarrollo, aumentándose su competitividad internacional.

Los apoyos de los gobiernos de países en vías e desarrollo eran, realmente, simple repetición de los que años antes habían impulsado el desarrollo de los ahora adelantados.

El mundo ha cambiado desde los años setenta en que el esquema anterior, mal conocido como de sustitución de importaciones se adoptó en muchos países. Hoy aparecen nuevos equilibrios en los que un selecto grupo de países en desarrollo, llamados emergentes, son los que asumen un peculiar liderazgo en la dinámica internacional por el aumento de sus clases medias, consumidoras, mayor que el de los países industrializados.

Lo anterior no significa, empero, que la producción en estos nuevos países emergentes, entre los cuales nos encontramos, tengan una competitividad suficiente para dominar los mercados internacionales como lo hacen los países industrializados como Estados Unidos, Europa o Japón cuyos productos pueden vencer a base de acumuladas economías de escala.

Es natural que los países desarrollados quieran que todos los mercados se mantengan abiertos. El proceso de desarrollo no puede ser igual para todos los países y es necesario que se entienda que para que los países en vías de desarrollo lleguen a buenos niveles competitivos sus productores tienen que estar respaldados con la preferencia que sus propios mercados internos ofrezcan. En ciertos sectores estratégicos, sea por razones sociales o por particulares ventajas naturales, hay que establecer selectivamente ciertas barreras arancelarias y administrativas.

Sólo de esta manera podremos llegar a la igualdad competitiva, nivelación de condiciones, por la que tanto abogan los librecomercialistas. Brasil y Argentina, miembros del Mercosur, que ahora mismo se están poniendo de acuerdo para aumentar impuestos de importación para proteger su productos, ya han reaccionado a la marejada de importaciones asiáticas imponiendo tarifas a productos chinos como a las llantas. A diferencia de ellos, México insiste en el cartabón autodestructor de la apertura de su mercado a los productos, incluso los chinos.

En 2012 debemos asegurar que nuestros productos sean los que gocen de las preferencias en nuestro mercado interno. Los trabajadores mexicanos que deben ser convocados a fabricar productos con cabal integración nacional, competitivos, y no seguirlos empleando para sólo armar artículos con componentes que nos vienen del exterior.

Un cambio de política de comercio exterior que fomente la producción mexicana en lugar de retrasarla, es el regalo que esperamos para 2012

FUENTE: EL SIGLO DE TORREON.

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