Desarrollo propio


La visión actual del comercio exterior en México tiene que cambiar para que podamos desarrollar todos los recursos y vocaciones con que contamos y así alcanzar niveles de vida consonantes al potencial del país.

Hay que reexaminar, pues, los postulados que hemos venido aplicando en las últimas décadas y hacer que la siguiente administración presidencial, sea quien fuere quien la encabece, imprima un nuevo vigor al desarrollo cuya energía está desgastada.

Los actores económicos de México tienen que dejar atrás el concepto de que nada puede hacerse sin el permiso expreso y el apoyo activo del gobierno. Hemos pasado demasiados años en la cómoda convicción, redentora de responsabilidades, de que sin el gobierno nada hay efectivo o duradero. Es absolutamente imprescindible el apoyo de la autoridad, desde la municipal pasando por la estatal, hasta llegar al nivel federal, y cuando algo falta, recurrir hasta el mismo Congreso para el supremo recurso de la modificación constitucional.

El resultado de esta visión nos ha traído al estancamiento actual, reducción de nuestra tasa de crecimiento a niveles que se excusan en los países que están padeciendo hondas recesiones, pero que no es nuestro caso. La perspectiva deprimente que se siente en los Estados Unidos y Europa no nos corresponde. Sin embargo insistimos en contagiarnos de ella. Los borbotones de optimismo frente al futuro son artificiales, se sostienen en estadísticas parciales, provienen o del algunos secretarios de Estados, no todos por cierto, o del propio Presidente de la República, y esporádicamente de alguna que otra cabeza de cámara empresarial.

El tono general es de escepticismo respecto al futuro y no hay confianza en que el entorno socioeconómico mejore.

La reacción no se ha hecho esperar. Nace del optimismo consustancial a la misma naturaleza humana que rechaza la derrota. No admitimos fracaso sino declaramos que lo que hace falta es un cambio definitivo que todo lo salve, firme golpe de timón, cambio de paradigma o un nuevo modelo de estructuras.

La inquietud es general,y abarca la gama entera de la actividad nacional. La convicción se propala de que la ruta que llevamos no promete éxito y que, más que cambiar de metas, que las hay de sobra, habrá que cambiar de rumbo. La propuesta es tan inasiblemente amplia, sin embargo, que tiene que desglosarse por sectores, entendido que cada uno de los que componen el quehacer nacional, determina de alguna manera el comportamiento de los demás y conduce a ajustarlos. Por eso, para introducirnos a esta visión holítisca, es necesario y válido, entrar por una de sus facetas como es el comercio exterior, que desde hace varios años ha sido mal aplicado y tratado.

En efecto, del comercio exterior depende el desenvolvimiento de prácticamente todas las áreas del fenómeno socioeconómico de un país, y el nuestro no es excepción. De la racionalización de las importaciones, y de su uso como promotoras de las actividades agropecuarias e industriales, depende la posibilidad de generar un clima de estabilidad y seguridad para los productores en un entorno internacional necesariamente competido, pero no mortífero.

Teniendo propicio el ambiente para la producción, es decir el empleo del recurso humano, se conformará cada uno de los eslabones que integran las cadenas de producción operadas por las empresas de todo calado. La capacitación de la mano de obra es un ingrediente que el mismo proceso de desarrollo irá definiendo. La utilización de los recursos financieros con que se cuente, y en México los hay suficientes, potencializá cada uno de los proyectos empresariales.

El instinto y acometividad del empresariado, son los que al lado de las fuerzas políticas orientadas en estrategias mutuamente convenidas, traducen el desarrollo al terreno de los hechos. La definición de éste por ambas partes tiene que ser de común acuerdo. Las acciones concretas para impulsar al país resultan del equilibrio de talentos y visión que cada parte aporte. La historia demuestra que aquí no hay regla fija. Alguno tiene que tomar la iniciativa.

Es la hora de los actores económicos de México hagan valer el peso de sus razones y la urgencia social de atenderlas. El año 2012 no se abre para suspender decisiones de desarrollo sino para obligar, dentro del sistema de democracia participativa que los ciudadanos hemos construído, a que el desarrollo nacional se haga, no buscando otras formas ni esquemas, sino simplemente actuando conforme a las necesidades que están a la vista. Para hacerlo no se requiere demasiada ciencia, sino sentido común, espirítu de entrega al interés del país y visión a largo plazo.

FUENTE: EL SIGLO DE TORREON.

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18-03-2016
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