“Las barreras en el comercio exterior”


Marisa Moreno Castillo

Gaona Abogados SLP

A lo largo de la historia moderna los estados se han protegido de la competencia que sobre sus productos autóctonos ejercían los productos procedentes de mercados exteriores a través de controles en las fronteras; de esta manera, los países conseguían variar el valor final de la mercancía objeto de importación fundamentalmente recurriendo a gravámenes de tipo monetario.

Detrás de cada una de las grandes conflagraciones mundiales se ha escondido siempre una razón económica respecto a la usurpación o pérdida de hegemonía en un área geográfica de influencia, sin embargo tras la Segunda Guerra Mundial los países de Europa iniciaron una serie de aproximaciones económicas con la intención de evitar un nuevo conflicto bélico que los aniquilara económica y socialmente durante décadas. Así nacieron los dos grandes bloques económicos de la Guerra Fría. Aquella incipiente CEE, hoy UE, acordó la libre circulación de productos, servicios, capitales y personas entre sus Estados. Estas nuevas libertades revolucionaron las reglas del juego económico internacional tradicional pues, entre otras, suponía la eliminación de cualquier derecho de aduana.

Esta nueva situación de libertad en el tráfico económico exterior fue desarrollándose de forma satisfactoria hasta que en los años setenta comenzó la crisis de las materias primas. Fue entonces cuando los estados no pudieron recurrir a defender sus mercados internos del comercio de materias primas más competitivas. Las dificultados económicas y sociales hicieron que numerosos países recurrieran al estudio introspectivo del Tratado de Roma y se dieran cuenta de que, dentro del propio Tratado, cabía la posibilidad de legislar aspectos restrictivos a la importación de mercancías desde el punto de vista interno de cada ámbito nacional, siempre y cuando, no existiera legislación comunitaria al respecto y que esta restricción tuviera su justificación en la defensa de la vida y la salud de personas y animales, la defensa del medio ambiente, la moralidad, el orden público, la protección del patrimonio artístico y arqueológico, y la protección de la propiedad industrial. Se dio así la circunstancia de que los países que años antes habían apostado por la libertad comercial, iban a desarrollar ahora un importante contingente de barreras y obstáculos técnicos al comercio proveniente tanto de sus propios socios comerciales, como de terceros países.

El sofisticado mecanismo de las barreras técnicas se consolidó y se perpetuó en el tiempo a través de la exigencia, por parte de cada uno de los países, de requisitos técnicos respecto a la calidad del producto objeto de importación, que debían avalar su seguridad en la utilización o consumo. Pero en el ámbito del comercio esta calidad tendría dos vertientes: la calidad de la seguridad y la calidad de las prestaciones del propio producto.

La seguridad se encarga de definir los aspectos de un producto o servicio cuyo fallo podría poner en riesgo la salud o la vida de las personas y animales, y el medio ambiente; y esta calidad debe quedar acreditada a través del proceso de “homologación”, que comporta toda una ingente, y a veces farragosa, regulación por parte de cada uno de los países. Por su parte, la calidad de las prestaciones no está regulada por los estados, así que es el propio mercado el que interviene, sin legislar pero con capacidad para condicionar las características de las prestaciones de un producto hasta prácticamente eliminarlo del comercio a través de las modas, tendencias, publicidad y sentimientos que manejan a su propia conveniencia. Este hecho pone de manifiesto que cuando hablamos del mercado, lo hacemos no como el conjunto de los consumidores, sino únicamente referido a esos grandes estamentos privados que manejan los flujos comerciales. La demostración de que se cumplen los requisitos en cuanto a la calidad de las prestaciones exigidas da lugar a lo que se llama habitualmente “certificación”.

Por tanto, el empresario deberá tener en cuenta que la “calidad” de su producto, tanto desde el punto de vista de la seguridad, como de la prestación, debe ir siempre acompañada de la palabra “demostrada”, pero además deberá tomar en consideración que un mismo producto o servicio tendrá, deberá o podrá homologarse y no certificarse, homologarse y certificarse, o no certificarse pero tampoco homologarse, según si el mercado de destino está en vías de desarrollo o cuenta con una gran evolución tecnológica y conciencia de seguridad de sus ciudadanos y del medio ambiente.

FUENTE: EMPRESA EXTERIOR

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